8.9.04

Pasos en la escalera

Ya se despertó de la siesta. A la misma hora de siempre, lo anuncian las viejas chancletas en ritmo ascendente, que se ralentiza en la medida en que sin resuello, va llegando a los escalones superiores. Ahora está cerrando los postigos de las ventanas del pasillo, verificando que queden bien puestos los cerrojos, con esa manía antirrobos que le quita toda brizna de aire a la casa.
Viene hacia la oficina, mis tardes son pacíficas hasta que suenan las cinco campanadas, entonces el sonido de las pantuflas me avisa que se acabó mi tranquilidad. Ahí está, respirando tras la puerta, sin decidirse a abrir - sé que lo hará, siempre lo hace, no hay modo de que respete mi privacidad -, el pomo de la puerta gira y siento de nuevo los pasos cansinos.
Pobre anciano, ¿cómo hacerle comprender que hace años está muerto? Si en vida era medio sordo, ahora no parece escuchar nada. Falleció mientras dormía la siesta y ha quedado atrapado en medio de la consciencia del estar y el no estar al ser sorprendido en los umbrales del sueño. Sólo trata de aferrarse a sus costumbres, pero... Se supone que los fantasmas deberíamos ser menos ruidosos.

de Marié Rojas Tamayo, La Habana, Cuba
Dirige la revista virtual de literatura "Dos islas, dos mares..."

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