31.3.09

Indolencia

¿Quién nos ata a las cosas y a mí,
compaginándonos a deshora,
sino la imagen de todas las imágenes
de mí sin mí?
La multitud escancia
una posible voz, un gesto indivisible
en los reflejos del aire,
una historia propia (¿real?)
Y yo también me miro
como si mirara las caras
de un retrato
infinito y único.
Al fin, un desorden ingobernable
reúne la vida y el olvido;
peligran en la indolencia los víveres
y se anulan las razones de saber
y las de morir.


de Hebe Solves, Buenos Aires, Arg.
De su libro "El Fiel de la Memoria".
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21.3.09

Una escalera en caracol

Una escalera en caracol desciende
hacia la entraña pétrea de la Madre.
Hay frisos decorados que titilan
al vacilar la llama con su paso.
Chispas restallan en mosaicos
y sombras se agitan al costado.
Un silbido de sierpe que se arrastra.
Un rugido dorado como el viento.
¿Acaso hay un dragón batiendo
sus membranosas alas en el fondo?
¿Acaso ese dragón ella provoca
con el atolondrado latido de su pecho?
Atrás, delante, entre sus piernas...
¿dónde está él respirando ese fuego
que la infantil mirada le consume?

de Graciela Perosio, Buenos Aires, Arg.
Poema de su libro "Regreso a la fuente".
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15.3.09

dicen...

dicen que cuando la luna está azul brotan ciudades enteras del fondo del mar. que sus habitantes (de ojos fosforescentes y oscuros ropajes) inician entonces una larga danza que no cesa hasta que algún puerto se arroja a las profundidades

¿quién no ha visto arder el mar en esas noches?


de Sara Vanegas Coveña, Cuenca, Ecuador
De su poemario "Pequeña Antología", Adamar Nº 32.
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9.3.09

Puedo decir

Puedo decir quizá último espacio
contenedor de historias repetidas
en los zapatos rotos por su piedra.

O decir tal vez feroz ruptura
del canal ilusorio que se invierte
al no hallar su punto de equilibrio.

Diré que el tiempo
es sólo un juego
sin más itinerario que la espuma
que deviene en un pez
sobre la tierra.

de Silsh (Silvia Spinazzola), Buenos Aires, Argentina

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2.3.09

Pequeña hemorragia

En la tintorería no sabían como sacar las pequeñas marcas que dejaron las gotas de sangre en el sombrero blanco. Fue por una repentina hemorragia de imágenes. Ella quería tapar las huellas de esa desavenencia entre el cuerpo y las ideas.

Una ausencia escapando para siempre, estallando primero, derramándose después, casi dulce, suave, por los imperceptibles intersticios, como una tristeza coloreada. Recordó el momento en que sintió uñas escarbando en su cabeza. Pensó en todas las sangres que llevaron a esa pequeña rosita licuada. La sangre enjaulada como trofeo, en las sábanas de los recién casados, del otro lado del tiempo y del mar. La que se mezcla con el placer y la curiosidad de la primera vez. Las sangres menstruales que siempre traen un mensaje. La que vio en la mañana del golpe, que no salió en los diarios, muda, sin cuerpo, sombra sólida, amenaza, vendavales del miedo. Las que la antecedieron. La que vino después, deslucida sangre morena de los márgenes, caída en tiroteos, enfermedades curables, inundaciones. La sangre de los partos, contundente y laboriosa, la de los abortos de las mujeres pobres crucificadas en la hipocresía.
La de los actos temerarios. La que guarda en tubitos las incógnitas del cuerpo.Pensó ella que después de todo, las gotitas que mancharon su sombrero, fueron algo distinto, como el romperse de una idea sin adornos, así vestidas de palabras las ideas no sangran, sonrió retocándose el rouge en el espejo.


de Cristina Villanueva, Buenos Aires, Arg.
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