31.7.09

Cantata de augurios

El tiempo que siempre pulveriza
la sombra en la escafandra de los sueños
es de un negror tan dulce como la noche abierta.
Aqueja su espesura tupida bocanada de deslumbre
la llama del quinqué
conjuro contra la opacidad creciente.

La insaciable carretera de la noche
devoró la eternidad con sus techumbres
los vastos capítulos que en el dintel del tiempo
vacíos de inefable música
adoptaron el latido perenne de un reloj.

¡Qué vasta soledad!
¡Qué quieta población de incertidumbre
levita en el desvelo!
Y el azar, de color indistinto irrumpe cual la noche,
detiene las hechuras en un punto
con ardua mansedumbre.
Derrumbará las puertas el azar
como marca del misterio en lo imprevisto.

Vuelve, siempre vuelve
esa ausencia de palabras justas
que atenta contra el ojo del Orisha
y va a endilgarnos su semilla de otredad.
Descalcés de una huella abroquelada
en la almohada mortecina
ese encallamiento en que la noche
hunde sus espuelas con frialdad.

¡Qué inútil sosiego nos derrumba!
¡Qué pobre lealtad nos hace ciegos
frágiles reclusos de una impronta
a la espera del anzuelo
cuyo lánguido cuello fracturado
miente y nos descubre!

El viento desviste la ocasión,
apaga la infidencia del quinqué que lucha por verter
con su lengua de lumbre un método infalible que destape la luz.

¡Cómo mueren los caballos en el sueño!
¡Qué sacrílego incendio el que agoniza
si relinchan sus llamas con la prestidigitación del fuego!

La luna en su vigilia como una runa impávida
ha clavado su estaca de asterisco mayor.
Con ojo sibilino amortaja el incesto
del viento y su razón
sobre el fieltro abisal en que se fraguan símbolos.

de María Eugenia Caseiro, escritora cubana residente en Estados Unidos
Segundo Premio del II Concurso de Poesía Libre de Artesanías Literarias.
www.artesanias.argentina.co.il
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25.7.09

Regreso de Ítaca

Cómo decírtelo de una vez,
sin recaídas, sin rodeos, sin iluminaciones,
sin tabúes,
cómo y con qué esperanza
removedora de las rosas blancas
en este aliento
instigador de dulzuras y de fuegos dormidos,
abierto como una desorbitante presencia
hilvánica
en esta mañana sin violines industriales y sin atropellos,
en este vientre del idioma que la piedra
nombra con su fulgor,
con su fulgor mínimo
de hambre en migración,
de hambre prehistóricamente digerida.

Cómo puedo decirlo de una vez,
escribimos con lo que de hechura nos abstiene,
nos tiembla y nos cabalga
por los ríos en ramas, por los ríos en ninfas
ultimísimas,
con la luz que tizna con Dios nuestras excusas.

Cómo puedo decirlo de una vez,
que hallamos un corazón como verde olivo
empapado de ángeles y de arcilla,
un corazón rudo como un... horizonte
donde niños juegan
más allá de la luna rota,
de la muerte y de la rabia;
sí, hallamos un corazón,
un corazón en perro brujo y yegua
y saltamos,
saltamos a la pequeña caligrafía de los montes.

Cómo puedo decirlo de una vez,
somos sueños desarropados,
regañadizas cigüeñas que nos traen mundos,
perfectas melodías que nos abonan nuestra sangre
y se la estrujan vientos
con las lágrimas que diluvian.

de José Repiso Moyano, Málaga, España
Primer Premio del II Concurso de Poesía Libre de Artesanías Literarias.
www.artesanias.argentina.co.il
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18.7.09

La mujer del cuadro

Desabrochó su cuerpo
desde la nuca hasta los pies
y lo arrojó sobre la sábana tendida.
En la orilla mineral de su organismo,
los contrarios bailan un tango:
el blanco y el negro,
la curva y la recta,
arriba y abajo.
En la aldea, el arrabal del deseo
es un caldo volcánico que se derrama
ocupando un territorio sin contornos
de barro y de fuego.
Las emociones pujan por salir
y se transforman en colores.
Las palabras convertidas en ideas,
son trazos gruesos de un pincel.
Y en el fondo de la crisis,
el cielo alumbra a una mujer que gime.
Gime cosiendo sus partes de seda y algodón
esperando que la unidad se realice.
La mujer se abrocha en un cuadro
desde la nuca hasta los pies con belleza
y nos contempla desde allí
y nos llama con pasión
para recordarnos el sentido.

de Carlos Margiotta, Buenos Aires, Arg.
http://www.redesdepapel.blogspot.com/
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15.7.09

Moto perpetuo

En este lugar
erróneamente mío
el sonido delata el laberinto.

El minotauro fragua patrañas de destreza contra furia
funde el oro por el poder del oro que funda el oro
urde el hilo de una Ariadna de cenizas
crea el sueño de aquellos que sueñan con crear un sueño.

Sueños.
Oro.
Patrañas.
Sonido.
Furia contra furia.

de Lina Caffarello, Buenos Aires, Arg.
Publicado en la revista de literatura "Tamaño Oficio" Nº 32.
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12.7.09

Ombligo

Incógnito estás allí debajo,
en el enigma
volcán seductor de tiempos.
Conexión a madre, agua madre.
Ojal de un deseo.
Sin huesos ni ataduras,
deslumbras entre pelusas y visitas
los dedos de vez en cuando.
Pero; tu ombligo mujer,
ese centro de la tierra
Pachamama y milagro.
Agrandas tu fronda en los nueve
increíbles meses de lunas y suspiros.
Fragor de una lucha para tantas luchas.
Todo un universo sin banderías.
Distintas vueltas,
pezón o nido.
Otra mitad del cuerpo
suspendido en esa cuna boreal de tu vientre.
Centro de preguntas, oído sin vueltas.
Órbita del destino,
caracol sin cal
ni zumbido.
Desde allí, el legado de lazos y cuerdas,
nieto, hijo, sobrino, padre,
blanco nativo, africano, musulmán, hebreo.
Indio aborigen, de todos somos
somos
iguales del ombligo
que es tierra, sólo tierra y tiempo.

de Ricardo Mastrizzo, Capitán Bermúdez, Arg.
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5.7.09

Tríptico

Cuando veas las luengas barbas de tu vecino incendiar

aféitate.

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La voz de la conciencia
de los que apestan
se oye
con el olfato.

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Al fin se rompió
ese feo cántaro
de tanto a la fuente

ir.

de Rolando Revagliatti, Buenos Aires, Arg.
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Patti Smith

(1975 - Photograph by Robert Mapplethorpe)

Yo quería grabar un álbum que hablara de caballos
y te pedí que me sacaras una foto para la tapa.
Una foto que haga historia, dije, y vos hiciste ésa
donde yo no era hombre ni mujer. Habíamos dormido
demasiado. Me puse aquella ropa que era como un uniforme,
en la calle y en el escenario. Nada de asistentes,
dijiste, quiero un triángulo de sombras. La luz
ya había muerto entre nosotros. Me pediste que me quitara
el saco porque te gustaba mi camisa blanca
y yo me lo puse al hombro, como Sinatra, y lo sostuve
de un extremo para que no cayera. El álbum
empezaba con esa frase que solía decirte por las noches:
Jesús murió por los pecados de alguien, no por los míos
y la frase que hubiera cabido en boca de mi madre
se mezcló con la canción de una chiquilla suicidándose.

de María Teresa Andruetto, Buenos Aires

Poema de "Herencia y otros poemas de Sueño americano"
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1.7.09