31.12.09

Happy new year

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera
muchísimo el mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.

de Julio Cortázar, Buenos Aires-Arg. / París-Francia
De "Algunos pameos y otros prosemas".
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25.12.09

La lluvia

Chapoteo en el barro sin salir de la casa.
En cuclillas. La barranca y la arena de la costa,
la escollera en las nubes derrumbadas,
la humedad, la risa somnolienta
que atiborra la espalda.

Unas gotas me salpican y espero.
Chapoteo en la cama, las gigantas
se pasean agitando la espuma de las olas.
El infinito llueve entre las plantas del patio
y la salvia ilumina con sus hojas temblonas.
Yo también quisiera decir algo, oler,
confundir la oscuridad con la luz.

de Hebe Solves, Buenos Aires, Arg. (+ Agosto/2009)
De su libro "Brillan ladrones en la oscuridad".
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15.12.09

Sepia 13

En la sala de estar
con el humo de una pipa
invasora la modorra crea
este aire de boceto
para un sillón Chesterfield.
El sobado cuero es horma
marchita en años apariencia
deforme de toda forma estuche
para un hombre fósil.
Gruñen sus rodillas
en crepúsculo de cartílago
inerte
la pestaña entinta vahos.
Giro de péndulo
irrumpe la evocación
en suspenso de caoba el reloj
desde una pared
marca la piel con agujas
inclementes.

Tras la bóveda calva
toda idea muere.

de Michou Pourtalé, Buenos Aires, Argentina
De su libro "Hombres en sepia".
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El fuego en la cola del tornado

La cola del tornado da vueltas
y no forcejea a su favor -la pala, las manos y la arpillera
mojada. Veo tu velorio en los ojos
de las ovejas enloquecidas por una tregua de viento:
cercas de alambre de púas que se precipitan, verjas
que aplastan. Adentro, lo saboreo -el olor
que forma una capa acre en la garganta,
la lengua y los labios. Como esa foto
misteriosa de que te hablaba antes
de que la llamada telefónica chispeara
en la media luz y el humo negro se revolviera
en un cielo túrgido -"La entrada triunfal a Munich
del ejército bávaro", cerca de mil
ochocientos setenta y uno, donde la tropa
se reduce y los toldos rayados
baten en burla y el sabor a victoria
es el mismo que ahora siento.
La muerte es como es. El fuego en la cola
del tornado no se puede leer como orden,
y la premonición es simplemente la culpa.

de John Kinsella, Perth, Australia
De su poemario "El fuego en la cola del tornado".
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Isla dorada

La fortaleza zambulle en el mar los cansados flancos...
y sueña con imposibles naves moras
Todo lo demás son calles prisioneras
y viejas casas mirando el tedio
Las gentes callan en la voz
una voluntad antigua de lágrimas
... y un rickshaw de sueño
desciende la calle de la Amistad
En pleno día claro te veo adormecer
en la distancia, Isla de Mozambique
... y te hago estos versos de sal y olvido.

de Rui Knopfli, Inhambane, Mozambique/ Lisboa, Portugal
De "La isla de Próspero"
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5.12.09

Angelus

El tañido del ángelus
penetra el bosque
en esa hora violeta
en que se hunde el día.

Y el espíritu amante
apartado
percibe intensamente
el agudo signo de soledad
en las mismas entrañas
de la tierra
en la quietud del árbol
en el leve silencio.

En su propio enigma
de tiempo que lo ciñe
y lo desgarra.

de Olga Reni, Buenos Aires, Argentina
Del capítulo Bosque de su libro "Antigua urdimbre".
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Los libros que me quedan por devolver

por Reynaldo García Blanco

Tengo dos bibliotecas. La que siempre me ha acompañado en los sucesivos exilios provinciales y esa otra que son los libros que he prestado. Releyendo los Diarios de Lezama Lima me entero que el gordo de Trocadero anotaba los préstamos: Libros prestados a Rodríguez Feo. Trilce; A. Caro; B. Las flores del mal (francés). La Dorotea. Antología de la poesía moderna en Cuba. Garcilaso; Églogas.
Una pregunta: ¿El mecenas de Orígenes devolvió en tiempo y forma esos libros? En la biblioteca del monasterio de San Pedro en Barcelona hay una inscripción que dice: “Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe en la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que aparezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa, y cuando, finalmente, descienda el castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre…” Palabras duras y precisas que lo mismo sirven para un escritor llamado Rafael Vilches o un grupo de poetas que escriben al borde de la carretera central.
Imagino a Lezama, por el laberinto biblioteca, lamentando el haber prestado a García Vega El Satiricón, El doncel Erasmo o el número de Sur con Cabezas tormentosas.
En cierta ocasión visité la biblioteca de Ronel González y encontré un simpático cartel: HOY NO PRESTO. MAÑANA SÍ.
Recuerdo con cierta fruición un pasaje de La vida está en otra parte, novela de Milán Kundera cuando Jaromil estaba orgulloso de que el pintor le prestara libros de su biblioteca pero con recordatorio reiterado de que nunca se los prestaba a nadie, que era el único que había alcanzado ese privilegio.
Capítulo aparte merecen aquellos que prestan libros que les prestan. Yo también tengo mi lista negra. Recién pude recuperar la primera edición en español del Ulises (Joyce). Extraño los tomitos verdosos de En busca del tiempo perdido (Proust) publicados por Alianza. La metamorfosis (Kafka) duerme su sueño de cucarachón en un pueblo llamado Baire, La montaña mágica (Mann) se ha quedado por Jiguaní, El gran Gatsby (Fitzgerald) tiene a su lado una fecha: (sep/9/2005) y unas siglas que no logro recordar (E.E.R). Dos de mis libros preferidos: Siempre sale el sol (Hemingway) y Luz de agosto (W. F.) se los presté a Vilches que a su vez se los prestó a una rusa que regresó a su Leningrado distante y querido.
He vuelto a comprar La muerte de Virgilio (Broch) en una sobria edición de Arte y Literatura pues Rigoberto Rodríguez Entenza se niega a devolverme la primera edición argentina. A uno de esos talleristas que llegan, besan y se van le presté, de la colección Cocuyo, Un día en la vida de Ivan Denisovich (Solzhenitsin) y ojos que te vieron ir, ojos que no te han visto regresar.
Pero yo no soy un santo. Tengo en mi poder algunos librillos que me da cierto miedo devolver. Es un miedo Borgiano: El aleph (Borges), La invención de Morel (Bioy Casares). Alguien me pide a gritos una edición autografiada de Pedro Páramo (Rulfo) y comprada a precio de usura en la librería Renacimiento. Ayer devolví Gran sertao veredas (Guimaraes Rosa) publicada por Casa. Levanto mi vista y mis dos bibliotecas se dan la mano y se hacen una sola. La escoltan los libros que me quedan por devolver.

- Publicado en "Ideas" Nº 90, II época - Centro de Promoción Literaria José Soler Puig - Santiago de Cuba.
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