31.10.10

Canción del que fabrica los espejos

Fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.
Llevo por la calle la luna de azogue:
El cielo se refleja en el espejo
Y los tejados bailan
Como un cuadro de Chagall.
Cuando el espejo entre en otra casa
Borrará los rostros conocidos,
Pues los espejos no narran su pasado,
No delatan antiguos moradores.
Algunos construyen cárceles,
Barrotes para jaulas.
Yo fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.

de Juan Manuel Roca, Medellín, Colombia
De "Antología de la poesía colombiana actual", Ed.Alhucema -Granada, España.
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Canción para Matthias

No hay aduanas que puedan detenerme
ni gotas saladas que ensanchen el océano
para abrazarte cada año de la tierra.

Canto en los cerezos que despiertan en el bosque
cuando Belén alumbra
y la calle blanca se enmarca en tu ventana.

Desde el pequeño trono
escucho balbucear las melodías
que aguardan los cantores del ciprés.

En este mapa van cambiando las banderas
pero nadie ha sospechado todavía
que tu cordel va navegando por mi cielo
entre muchas mariposas recatadas.

de Mirta Cevasco, Buenos Aires, Argentina
De su libro "Señales".
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Canción de cuna

Que duermo en esta cama oscura
cubierta con aroma a reyes.

En el punto más servil
las sombras de las piedras
unas sobre otras.
En las cimas llantos de bebé
otro de mis sueños golpeado
mudado.

Dicen que son cosas que pasan.
Metamorfosis de lo poblado hacia nadie
hacia laberintos que gozan de las trampas
avisando con carteles sin luces
los rumbos del infierno.

Y los huesos comienzan a danzar la danza de los reyes
saltando mis manos como si fueran charcos.

(vos que dormís en esa cama mucho más oscura
vos que estás a salvo de todo
que estás guardada
de todo)

de Daniela Bogado, Buenos Aires, Argentina
De "Las despedidas de Amanda".
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Canción

En el desierto
tuve una mujer
no me deja el desierto

volverla a ver

de Leopoldo "Teuco" Castilla, Salta, Argentina
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Cancioncilla de la resistencia

Yo sé la blonda tarde que cae
y los simulacros en el hondo pasillo

Yo sé las estigias
los platos que hierven al mediodía
las maderas al sol que se pudren

Yo sé la blonda tarde de marcharse
dejar ahí tiradas las cartas como confianzas
y denegar y consentir

Yo sé
tu cuerpo y una bandera y el héroe muerto
con su olor a pez con su olor a lejanía

Yo sé o sabía o no quiero mentir
nadie mejor que tú
y esta fraternura
los estertores de mí
la blonda tarde que cae a mis pies
y me resisto. Me resisto.

de Reynaldo García Blanco, Santiago de Cuba
De su libro "País de hojaldre".
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Música

Condes han venido
desde palacios rojos
atraídos por las notas
del piano que el iluminado toca en el bosque.
Han llegado odaliscas con cinturas de oro
a danzar sobre las riberas del día.
Muchedumbres abandonan sus aldeas rocosas
para seguir al pianista prodigioso.
Libros enterrados en la arena
cuentan que el pueblo de Abraham
escuchó la música sagrada
y durmió durante siglos.
Pero es también poderosa la palabra.
Hombres mueren a las puertas del templo
a la espera de escucharla.
El señor de los Desiertos creyó en sus poderes
y llovió vino en las praderas del sueño.

de Luis Eduardo Gutiérrez, Ibagué, Tolima, Colombia
De "Antología de la poesía colombiana actual", Ed.Alhucema -Granada, España.
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Música real

no puede escribir
y también
no quiere escribir

ha perdido esa simple alegría
y la razón

se distrae
limpiando la osamenta de lo real

entre sus huesos
un viento poderoso

música
del desierto.

de Alejandro Schmidt, Villa María -pcia.de Córdoba-, Argentina
De su libro "Silencio al fondo".
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Redobles

Redobles.
Sonaron los tambores.
Llover.
. . . . . . . Llegar.
. . . . . . . . . . . . . . Llorar.
¿Pasos apedreando la noche?

Doble trampa tendida:
sonaron los tambores
. . . . . . . y era el tiempo.

de Julio Aranda, Buenos Aires, Argentina
De su poemario "Agudo el pico del pájaro oscuro".
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a "capella"

neutral como un punto
eternizo la página que es mi espacio

a veces regreso al feto
allí clepsidra
aguardo el momento
de abrir la mente

como la ciudad divide
los muslos de sus hembras
por perseguir sus sueños

vuelvo a parir versos
vomito eclipses,
hasta que impotente
el canto del gallo
se aloja en relojes
que mastican tiempo

el corazón famélico
se pierde en esquinas
habita el ayer
y copia viejas quimeras

de Celmiro Koryto, Ashdod, Israel
De su libro "Claves".
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Minuet con arena

Nada escucho en tu rostro
hecho de un cendal tembloroso
ni en tus manos donde se abisma
la transparencia de las vastas marinas.
Te siento venir por la luz
y entre la luz escurrirte
en la ignición de la lluvia
cuando la pradera se enciende.
Amada, dame tus manos,
hermosas como la ceniza
para beber en la oscuridad
su melodía abisal.
Amada, tomas mis manos,
refluyentes de fría arena
y escóndelas para siempre
en el filo de los arroyos
donde bate la inanición
y somos como ramilletes
lamidos por el vacío.

de Pedro Llanes Delgado, Placetas, Cuba
De la antología "La estrella de Cuba".
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Me apego sonoramente


Me apego sonoramente
a tus fantasmas

Un buen tiempo
los interpreto

Pero después
no sueno.

de Rolando Revagliatti, Buenos Aires, Argentina
De su libro "Propaga".
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Pasajero de los ojos color tango

Camina como tanteando espacios. A la deriva va. Escucha la melodía de un bandoneón sigiloso que lo traslada. Va quedo, lerdo, como avergonzado de ser, va. Madrugada aún, sus ansias navegan por esas veredas iguales, monótonas, pacientes, que lo amparan con su sabor a barrio, a juventud, a muchachada. La ternura de la ciudad es su necesidad, su melancolía, se siente protegido por esa amistad de años que tiene con ella. Transita la acongojada aventura de pertenecer a buenos Aires; materna abreviatura de haber bebido de sus insaciables resplandores, de sus olores, sus inquietudes y sinsabores. Hijo pródigo de la ciudad vuelve, siempre vuelve. Sin saber si será éste su postrer desengaño. El amanecer invoca un otoño falaz, de embargados sueños. Aún el bandoneón juega con el encanto tenaz de la añoranza. Él, casi ya sin luz en la mirada, oye tal vez sus últimos compases. Los siente en su propia sangre, lo llenan de distancia. Los que lo vieron por última vez dicen que se le oyó decir: el tango ya termina. ¡Qué lástima de ayer!

de Jorge Cambiaso, Buenos Aires, Argentina
De su libro "El misterio de adiós que siembra el tren".
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