14.5.12

Poema II

¿Quién dejó crecer

esta quietud vegetal bajo tus uñas?
¿quién abrió

una flor de arena en tu garganta?


¿quién te hizo
ese horizonte salvaje en el pecho
donde aún retumba,

sin sueño,

una jauría de palabras desiertas?

de Adalber Salas Hernández, Venezuela
Tomado de "Extranjero", libro de reciente edición.
Fuente: Con-fabulación Nro.330
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Los cuervos

Somos cuatro y aún jugamos
a querernos, a simular amor sobre la mesa
y sentarnos al pórtico a platicar de historias anormales,
mientras mamá prepara el alimento
y escucha devorarnos la carne.
Mi padre vendó los ojos de todos mis hermanos
y antes de abandonarnos, cubrió los suyos con sus ropas.
Mis hermanos se columpian de la mano de mi madre,
no soportan ser ciegos por culpa de papá
y se dan picotazos uno a otro para expiar
no sé qué clase de pecado.
Sé que me sacarán los ojos si me acerco,
por eso me santiguo por las noches
y rezo un padrenuestro por todos.

de Estrella del Valle, Córdoba -Veracruz-, México
De su libro "Fábula para los cuervos".
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10.5.12

En las aguas del plagio


¿Plagio, imitación o coincidencia?
Por José Luis Díaz-Granados*

Dicen que las ideas, como los temas de la buena poesía, están en el aire. Por eso no nos debemos asombrar si un poeta australiano le canta a una mujer mulata de ojos dorados que viste una camisa púrpura y se desmaya cada vez que se pone el sol, y resulta que a una dama con iguales rasgos, colores y vahídos, también le está cantando un vate en Bolivia.
Son los componentes de la atmósfera los que llevan a uno y a otro aquella carga emocional tan detallada.
En épocas muy anteriores al internet, y en otro terreno, el científico colombiano Federico Lleras Acosta murió en El Cairo de física ira, al comprobar que su remedio contra la lepra había sido descubierto y patentado años atrás por un sabio japonés.
Hasta ahí la coincidencia. Otra cosa, necesaria y edificante, es la influencia. El tono elocuente y el ambiente exuberante de Los funerales de la mamá grande de Gabriel García Márquez acusa marcada influencia de El Gran Burundún-Burundá ha muerto, diatriba retórica de su coterráneo Jorge Zalamea, quien a su vez estaba influido por el Elogio de una reina africana de Saint-John Perse.
En materia literaria aparecen a menudo asuntos que no parecen ser muy coincidenciales. El personaje de Don Juan, por ejemplo, fue exprimido hasta la saciedad por Lope de Vega, Tirso de Molina, Corneille, Moliére, Pushkin, Merimés y Byron, hasta que el español José Zorrilla logró darle su real dimensión en su célebre Don Juan Tenorio. Pero hasta mediados del siglo XX, Georges Bataille y Tennessee Williams seguían escudriñando las entrañas de ese individuo amoral y fantoche.
Cuando Pablo Neruda, en los albores de su vida literaria, publicó su famoso libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada, fue acusado de plagio por quien después se convertiría en uno de sus más entrañables amigos, y acaso, en su mejor biógrafo: Volodia Teitelboim.
Dejemos que el mismo Volodia nos cuente el episodio: "Un día, en El jardinero de Radindranath Tagore, me sonó en el oído el número 16 de Veinte poemas de amor. Comparé los textos. Eran casi iguales. Sólo que, como dijo años más tarde el poeta mexicano Efraín Huerta, me quedo una y mil veces con la paráfrasis de Neruda".
El texto de Tagore en su poema 30, decía: “Tú eres la nube crepuscular del cielo de mis fantasías. / Tu color y tu forma son los del anhelo de mi amor. / Eres mía, eres mía, y viven en mis sueños infinitos”.
Y el de Neruda en su poema 16: “En mi cielo al crepúsculo eres como una nube / y tu color y forma son como yo los quiero. / Eres mía, eres mía, mujer de labios dulces, / y vives en tu vida mis infinitos sueños”.
Pero bueno, y sobre esto ¿qué dijo el propio Neruda? Cuando el libro estaba ya en la imprenta, el poeta le pidió a un amigo que le recordara incluir una advertencia sobre la paráfrasis de Tagore. El amigo le dijo: "No sea tonto, Pablo. No lo haga. Lo acusarán de plagio. Será una propaganda sensacional y el libro se venderá como pan caliente".
En realidad Neruda escribió la paráfrasis de aquel poema sólo para complacer a Teresa, su musa, que admiraba mucho a Tagore.
Por lo demás, para aprender hay que imitar. Los estudiantes de bellas artes comienzan por copiar los retratos, los paisajes y las naturalezas muertas de los pintores clásicos. El mismo Neruda en sus memorias dice:
"Yo no creo en la originalidad. Es un fetiche más, creado en nuestra época de vertiginoso derrumbe. Creo en la personalidad a través de cualquier lenguaje, de cualquier forma, de cualquier sentimiento de la creación artística (...) Sin embargo, es esencial conservar la dirección interior, mantener el control del crecimiento que la naturaleza, la cultura y la vida social aportan para desarrollar las excelencias del poeta".
Y agrega: "En los tiempos antiguos, los más nobles y rigurosos poetas como Quevedo, por ejemplo, escribieron poemas con esta advertencia: Imitación de Horacio, Imitación de Ovidio, Imitación de Lucrecio".
Los inquisidores policiales del plagio se agradaban en descubrir supuestos calcos en la obra del dramaturgo Bertold Brecht. Éste, haciendo gala de exquisito humor, afirmaba al respecto: "Marx dice que la tierra no es de nadie. Y si la tierra no es de nadie, mucho menos las palabras".
Vargas Llosa ha afirmado más de una vez que cuando un texto ajeno pasa a integrar una obra, ya pertenece a esa obra. Así, el Quijote estaría repleto de párrafos ajenos, pero que ya son definitivamente del Quijote. Lo mismo pasa con la vasta obra de Shakespeare y la de Goethe (especialmente en el Fausto de éste último).
A propósito de Shakespeare, es una escena del acto V de Ricardo II, el personaje clama: "Yo he gastado mi tiempo y me han gastado". Borges en El otro, el mismo, dice tranquila y dulcemente: "Has gastado los años, y te han gastado".
Los ejemplos son infinitos, sobre todo con la llamada "doble columna", en la que se constata un posible plagio.
Sin embargo, a veces el plagio supera lo plagiado. Dicen que el colombiano Porfirio Barba-Jacob calcó su poema "Canción de la vida profunda" de un texto de "En los bordes del jarrón" del francés Alberto Samaín. El de Porfirio es de todas maneras, uno de los más bellos de la lírica latinoamericana: “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, / como las leves briznas al viento y al azar, / tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría... / la vida es clara, undívaga y abierta como el mar”.
En cambio sí que nos parece grave cosa cuando un autor en la cumbre de la celebridad, como Camilo José Cela, después de haber ganados premios Nobel, Cervantes, Príncipe de Asturias, Reina Sofía y Planeta, a los 85 años, haya plagiado la novela de un anónimo concursante que participaba en un evento del cual Cela era jurado ---según denuncias públicas que estremecieron el mundillo cultural español---, y la haya publicado poco antes de morir con el título de La cruz de San Andrés, con mucho éxito crítico y de ventas. Ni le agregó nada a su gloria y en cambio culminó de manera “non sancta” su controvertida parábola literaria.

José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946). Poeta y novelista colombiano. Su novela Las puertas de infierno (1986), fue finalista del Premio “Rómulo Gallegos”. Sus libros de poesía se hallan reunidos en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).

Fuente: Con-fabulación Nro.180

30.4.12

Se anunció...


Se anunció una llegada
                     de perros.

Cada uno con un ciego.

La complicidad de
                             colmillos
pudo más
                que el desconcierto.

de Roberto Glorioso, Azul -pcia.Bs.Aires-, Argentina
Poema tomado de su libro "Tierra no prometida", Ediciones Último Reino.
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Excedido

pienso
luego desisto
siento sin herirme
ocupo el espacio de mi reclamo
insisto en parecer
cosas que nunca seré
de tan equivocado
libre
a punto de sospecha
con riesgo de estallar
la delicada armonía que me aqueja
(alrededor e interna)
filósofo del ring
de fantasías reprobadas
y muy constante
en el profundo vicio de vivir.

de Víctor Marcelo Clementi, Mar del Plata, Argentina
De su plaqueta "Acerca de la pregunta y el acaso".
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19.4.12

sobre la tarde de otoño...

tus pies son cáscara arrancada
calle de barro
techo de chapa

hambre de guiso

dignidades que otorga la pobreza

cómo hacerle entender a esta mujer
de Santa Fe y Callao
que las calles hoy se terminan acá
porque ella al hambre
todavía no lo conoce

sobre la tarde de otoño
una mujer valiente
me conmueve con sus palabras

solo el duro corazón de los necios
puede ignorarla,
odiarla,
ensañarse como se pueda con ella

¿será otra "esa mujer"?

de Aníbal Sciorra, 1952-2012, Buenos Aires, Argentina
Nuestro recuerdo y homenaje al poeta que nos ha dejado, que hemos perdido...
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14.4.12

Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata
o el alma en la palma de la mano
Por Luz Helena Cordero Villamizar*

Alma: ¿de qué sirve esta palabra, sino para calificar la energía
que circula en toda la creación?
Yasunari Kawabata
La sensación es la única realidad
Fernando Pessoa
“En primavera florecen los cerezos; en verano el pájaro cuclillo”. Y si dudamos de que en otoño y en invierno algo pueda florecer, el poeta lo aclara enseguida: “En otoño, la luna; en invierno, la nieve, clara, fría”. Versos escritos en el año mil doscientos en caligrafía japonesa por el monje Dogen. Yasunari Kawabata los escogió como preámbulo de su alocución al recibir el premio Nobel de Literatura en 1968. Sorprende que en su discurso, en lugar del acostumbrado paseo retórico que hacen los ganadores por su biografía para ensalzar el ego, evoque poemas de hace ochocientos años por considerarlos una muestra de extraordinaria ternura y delicadeza, palabras con las que también podría definirse la cultura nipona. Decir que la nieve es blanca y fría es una obviedad en nuestra literatura, pero en la poesía japonesa aludir a lo que entra por los sentidos parece ser la condición para acceder a la cima del conocimiento y a la mística de las sensaciones. Tal como lo dice Kawabata en su intervención, sería como equiparar la nada de Occidente, vacía y sorda, con la nada de la disciplina Zen, plena de significados y de vínculos con el universo. “¿No sientes el viento dentro de ti? ¿No sientes la nieve? ¿No sientes frío?” Pregunta el poeta representante de “la esencia exacta de Japón”. Es esa esencia espiritual, si cabe el pleonasmo, la que quiere enaltecer y contar al mundo a través de su literatura.
La obra de aquel a quien Yukio Mishima describió como “un hombre capaz de entrar auténticamente en contacto con la tristeza del cuerpo, con la belleza del cuerpo, es decir, con la carne de la divinidad que lo habita”, se construye con la delicadeza y la sencillez propias de esa herencia cultural que engrandece con su talento. Su escritura es el arte de descubrir y hacer brillar la belleza oculta en las situaciones, en los objetos; de traer a la conciencia el ánima que tienen todas las cosas y que toma su fuerza o su significado a través de los sentidos, a través de la emoción, del sentimiento que acompaña todos los actos humanos, por mecánicos o simples que aparenten ser.  Un paraguas no es solo un objeto diseñado para protegerse de la lluvia. Un paraguas dentro de un relato de Kawabata es “el sentimiento mismo de esposa”, ya que está investido de un poder expresivo que quizá resulta cifrado para nosotros. Esa dimensión estética suele estar permeada por el dolor, la tristeza, la soledad y la muerte,  que tienen un significado distinto en su cultura.
La suya es una narración en la que seres humanos, objetos, animales, paisajes y “todo lo que pertenece al dominio físico y espiritual” deviene en personaje literario y adquiere tal peso alegórico que resulta vano todo esfuerzo por jerarquizar o construir tipologías. Esta fuerza reveladora reside en las palabras sencillas, en el poder que tienen para elaborar estéticamente el mundo y fundar realidades que podríamos llamar psíquicas, subjetivas o interiores (corriendo el riesgo de que estos apelativos empobrezcan lo que se pretende destacar) y que son tan vívidas y ciertas como esas otras que se designan como objetivas o externas, y a las que se confiere el monopolio de la verdad.
Esta sustancia de su escritura se resume de manera contundente en uno de sus cuentos: cuando Kioko cuida a su esposo en su lecho de enfermo, la mujer le ofrece su espejo de mano para que él pueda ver a través de su reflejo el color del cielo, la imagen de la luna en el agua y todo cuanto sucede afuera. Pronto las imágenes se convierten en otra realidad más resplandeciente que la exterior: “Habían nacido dos universos y el que se creó en el espejo comenzó a fusionarse con el real. – El cielo brilla color de plata dentro del espejo – dijo Kioko. Después miró por la ventana y agregó: A pesar de que el cielo está gris y nublado”. Si la belleza o la felicidad también pueden nacer en la imagen de una imagen, el arte y la literatura tienen la clave de esta revelación.
La fuerza de la tradición y de los valores reside en todas sus obras. La ceremonia del té es descrita con tal cuidado y detalle que nos asombra conocer un ritual milenario de tales características, en el que los objetos tienen una carga simbólica asociada al tiempo de uso a través de generaciones. Una jarra y un cuenco que han pasado de mano en mano y de boca en boca por cuatrocientos años, hacen temblar a quien los utiliza por primera vez. Es grande el contraste con este mundo atorado de cosas inanes y desechables. En otra de sus obras maestras, Kawabata teje con el más sutil lenguaje (quizá con el espesor que tienen las palabras en los sueños) el erotismo, el amor, la vejez, la soledad, la muerte, lo bello, como si fuera fácil enlazar con armonía estos elementos en una habitación cerrada donde duerme una muchacha desnuda que, pase lo que pase, nunca habrá de despertar.
En sus cuentos mezcla situaciones aparentemente intrascendentes con hechos pertenecientes a lo real maravilloso. Penetra en las disyuntivas y conflictos del ser, dibuja el alma humana con tal pulcritud que logra condensar la brevedad, la hondura, la magia de lo cotidiano, en relatos que caben en la palma de la mano, para aludir al hermoso título que reúne historias escritas en distintas épocas de su vida. Justamente una mano contiene elementos que caracterizan la narrativa de Kawabata: lo sensible, lo que nos es propio y conocido, lo perfecto.
La poesía, no como artefacto formal o como intención estética, sino como alma, como mirada, como fuerza, es inmanente a toda su obra. Es el tipo de literatura que nos transforma el modo de mirar, de percibir, de leer, de escribir. La literatura que nos cambia la vida.
Por estos días se cumplen cuarenta años de la muerte de Yasunari Kawabata. Todo indica que el 16 de abril de 1972 trazó su partida con el cuidado y la precisión con que un calígrafo japonés utiliza su pincel de bambú. Sea esta fecha un pretexto para hacer que su obra traiga de nuevo el aroma de los cerezos, el vuelo de las grullas, el brillo de la nieve, el ritual del té, la placidez de hermosas  durmientes, los mundos que surgen en los espejos y  que pueden hacernos más bella la existencia.

*Poeta colombiana nacida en Bucaramanga. Libros publicados: Postal de la memoria (2010), Por arte de palabras (2009), Cielo ausente (2001), El puente está quebrado (1998), Canción para matar el miedo (1997), Óyeme con los ojos (1996). Incluida en varias antologías de poesía colombiana e hispanoamericana.

Fuente: Con-fabulación Nro.225 
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7.4.12

En el crepúsculo...

En el crepúsculo
desciende el Angel
y abre las puertas
de la avenida del río
y entonces
te vas transformando
en: sándalo, naranjal,
agua marina, junco,
sauce, miel,
golondrina, rocío,
manantial, menta,
brisa, cundiamor,
jade, gacelas huyendo,
¿dónde estás?,
bosque de álamos,
esmeralda, mariposa,
las visiones de un nuevo mundo.

de Santiago Bao, San Fernando -pcia.Bs.Aires-, Argentina
De su plaqueta "Pequeños cantos del río del Este".
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31.3.12

Mezquita y otras crónicas andaluzas

...besaba yo la tierra con amante fervor.
Ibn-Hazm

De la piedra, no de los pájaros.
De los califas y las viejas congregaciones, no de los pantanos.
De la Aljama profunda que cantaron los poetas.
Desnuda eres como una flor,
y tan hermosa como una mujer nacida del libro
de Las Mil y Una Noches;
porque así fue tu canto de fundación,
entre piedra y piedra,
y oculto sílice dormido, embriagado de jazmines andaluces...
¡Oh, Mucáddam ben Muafa el Cabrí, llamado el Ciego y el Zéjel!
¡Oh, Said ben Hamid, que cantó a Fadle, la más dulce de las dulces!
¡Oh, Ziryab, Pájaro Negro, y su música embrujada!

De la memoria como un jardín al aire libre,
acosada por el vivo sueño de los magos.
De la cisterna, no de la sed.
De la cisterna de agua clara que riega el huerto
al que se llega olvidando todos los caminos...
De los metales y los esmaltes del aguamanil sagrado,
que guarda la sed del mundo.
Del Alminar y las estrellas, que son lámparas eternas
desprendidas de la noche (así te veo),
como luciérnagas fugaces,
no como cristalería cósmica tras la ventana.
De las aguas eternas del Guadalquivir,
que enciende los pájaros del crepúsculo
y navega hacia el ocaso, entre época y época,
¿Pero qué diré yo de tus fantasmas?...

de Manuel Ruano, Buenos Aires, Argentina
Fragmento tomado de su libro "El gran ensalmador".
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30.3.12

Poema II

¿Aquién rogar por la desnudez de los maniquíes
criaturas ambiguas
fabricadas para ostentar esplendores ajenos?

¿Aquién rogar por sus despojos
mientras elejimos cuidadosamente
                      la calidad de las telas
                      la perfecta confección
                      las tersuras y colores
                      de la última moda?

¿A quién rogar en la turbiedad del sendero
por nosotros
mancillados de desnudez
                                                 esa violencia?

de Elsa Copati, Buenos Aires, Argentina
De su plaqueta "Maniquíes".
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14.3.12

El hombre de bolso al hombro

El hombre de bolso al hombro que va
. . . . . en el estribo,
agarrado como puede, y ve pasar las
. . . . . vías
velozmente, con sólo abrir su mano
. . . . . llegaría
no a la próxima estación sino al otro
. . . . . mundo,
el mundo ciego que lo mira, en la
. . . . . mañana
temprano, casi noche, y en la tarde.
. . . . . Pero
él sigue, y el país sigue, en el férreo
. . . . . estribo
de estos años, entre señales y señales,
. . . . . soberbias
y soberbias, canciones y canciones,
. . . . . esperando
que no llueva ni truene, y en llegar a
. . . . . la estación,
aunque con una tristeza que, a fuerza
. . . . . de sola costumbre,
ya es casi una alegría que merece un
. . . . . festejo.

de Eduardo Dalter, San Justo -Bs.As.-, Argentina
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10.3.12

Esa música

Tampoco en los rincones
esa música sabe
si el corazón que la prohija
ha de estar yerto un día.

Ausente de luz para la luz.
Un punto corruptible, una ceniza.
Esa música, entera, ha de quedarse
más allá de la historia:
no es ceniza de su fuego
esa ceniza. Las horas
la conllevan, por encima
del viento que envejece.

Obra de corazón caído,
mendiga de una voz que la repita,
la caridad de siempre
es una multitud de peregrinos.

de José Bravo, (1934-2010) Buenos Aires, Argentina
De su libro "Poema, dura piedra".
Recopilado por la revista de literatura "Tamaño Oficio" Nº 35.
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29.2.12

Visión de la única estrella

Miro afuera
el hades a mis pies,
su lago de sangre
refleja mi estatura cobriza
aún aferrada a la estrella.

Un pájaro . . . inmutable . . . cretáceo
me desvanece el regreso,
mañana es candelabro
desesperando en el gris horizontal,
pausa
necesito una pausa
. . . . . . . . . . . para mirarme.


de Mirna Figueredo Silva, Palma Soriano-Stgo.de Cuba
De "Brevísima historia de ecos y bisontes".
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19.2.12

El sol brilla a través de la lluvia

(Del film Sueños, de Akira Kurosawa)

Un niño ve llover desde el pórtico de su casa,
luego aparece el arcoiris que se junta con la tierra:
ese paisaje de infancia deslavado por la lluvia
es una obra de arte del verano,
donde los modos del agua pulen
la superficie de luz desparramada.

Intermitentes, los animales
en sus trajes de hombres
deslumbran y engañan.
Sin embargo, son el centro
de una imagen aún cierta:
todo el bosque es un nido verde
que huele a mujer desnuda.

El niño se pierde, y su miedo hace que el aire
se ondule de hojas y preñe de flores
la geometría efímera del día.
Una dinámica que deviene causa de eso
que no siendo "antes" existe "después".

En realidad, la luz inventa esas formas
para volverlas visibles en una desmesurada
tentativa de sobrevivirse más allá de lo que anula.

de Héctor Freire, Buenos Aires, Argentina
Poema extraído de su libro "Satori".
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15.2.12

MORITAT

Qué pensaba la mujer que leía esos versos
en la plaza de los bailarines muertos
El sol de la tarde iluminaba demasiado
los papeles y no conseguía seguir
el hilo argumental
Tal vez sus lágrimas traicionaban
las órdenes que enviaba su cerebro racional

Alguien se iría, tal vez para siempre
entonces qué sentido tenía
la lectura en esa plaza

Mientras los dos guardaban
las formas políticamente correctas
sobre su destino
Tras ellos, sus sombras se besaban
Presintiendo que esa y no otra
sería la última vez.

de Francisco Alberto Chiroleu, Rosario -Santa Fe-, Argentina
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