11.8.04

Althimus

Tigre, tigre de gran poder, en los bosques de Lumiere. Podrías ser tú el Rey de la selva y no el león, pero tú... no eres el Rey, aunque no entiendo porqué.
Althimus levantó la vista, una mirada verde y clara como el riachuelo, con brillos amarillos y poder en cada destello.
Miró al hombre aquel que le hablaba y se acercó amenazante.
Parecía dotado de una extraordinaria gracia y elegancia en cada paso, a pesar de su enormidad y peso.
Tendrás que dejar esta selva Althimus, vivir en la ciudad y conocer la vida de un modo distinto a como la has visto hasta hoy.
Althimus lanzó un rugido, un rugido fuerte y poderoso como él mismo era. No quería irse y abandonar su selva en la India, el lugar en el que había habitado siempre.
Siempre había sido un gran y hermoso tigre blanco, era tan bello que hasta las aves se detenían a mirar su reflejo en el río.
Deberás dejar esto Althimus. Repitió el hombre. Ya no más engaños, ponte de pié y volvamos a casa, la gente de la aldea ya no te quiere por aquí.
Y Althimus se levantó, miró sus garras y vio con horror que ahora eran dedos, y su blanca piel tersa se quedó sin pelo, y sin sus negras rayas.
Al pasar por la aldea todos le maldijeron y le gritaron, él era el tigre malo que merodeaba por ahí.
Althimus no entendía nada, él sólo había sido un tigre, que tenía hambre.

de Came Pantoja
E-mail: chocobopam@yahoo.com
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1 comentario:

marlon mayorga dijo...

me ha encantado tu relato, te nvío uno de mi autoria, espero lo disfrutes yo el tuyo:

SIEMPRE SUEÑO CON ESPADAS
Siempre sueño con espadas; aún despierto, cierro los ojos y veo espadas o antiguas batallas pobladas por espadas. Inútil fatigar el psicoanálisis y sus explicaciones sobre el significado a la vez viril y agresivo de éste símbolo fálico. En nada me satisface, ni me ayuda a dejar de soñar con espadas. En el sueño y en la vigilia su acerado brillo me persigue, me persiguen también sus antiguos nombres: hrunting, excalibur, durandal, tizona...
Tampoco me alivia saber que la vieja espada que mi antepasado llevó por la América que buscaba liberarse, ha colgado en la sala de mi casa desde el principio de los tiempos, es decir desde el principio de mis tiempos y que tal vez aquel acero suspendido y omnipresente de mi infancia, ha engendrado en mí, esa extraña inclinación por las espadas, la cual prefiero atribuir al amor y no a la obsesión.
Hace dos noches caminaba por la calle Sucre, cuando al llegar a la altura de la Castillo y alzar los ojos, me pareció que el brillo de la creciente luna, reproducía el fulgor de las espadas que me fatigan, como es natural, volví a preguntarme por qué se me va la vida meditando en espadas. Estaba sumido en esos pensamientos, cuando al doblar la esquina, la vi, era alta y delgada y pese a su esbeltez poseía una extraña firmeza, su cabello era negro y caía sobre su rostro casi cubriéndolo, pero yo podía distinguir perfectamente sus facciones simétricas y su mirada llena de agudeza.
Me miró de reojo y pareció turbarse, se volteó y empezó a caminar, al principio lenta y cadenciosamente, después con un andar veloz pero lleno de compostura, algo había en ese esquivo alejarse que me atraía poderosamente, la seguí arrobado y confieso que casi debí correr para ajustarme a su paso, cuando sintió que me acercaba, aceleró su caminar aún más, yo no me desalenté, corría detrás de ella como quien juega (bien sabía que los dos estábamos jugando) podía ver claramente la hermosa musculatura de su cuerpo tensionado por la marcha, podía percibir su aroma traído hacia mí por el aire frìo de la noche, podía escuchar su respiración cada vez más jadeante y cercana; con cada segundo que pasaba, ansiaba más y más poder también tocarla, sentirla, tenerla. Se había adelantado ya varios metros, abrió con rapidez la enorme puerta de una casa gris y antigua que está en una esquina, entró apresuradamente, pero no alcanzó a cerrar, no quiso cerrar la puerta. Yo entre detrás de ella y comprendí que ya había avanzado hacia la alcoba (tal ímpetu me provocó sobremanera), irrumpí lleno de pasión, la tomé gentil pero firmemente por el brazo, la voltee con un solo movimiento, me miró llena de extraña emoción, trató de alejarse, pero yo la halé nuevamente con ímpetunuestros rostros se acercaron, nuestros cuerpos se juntaron...
Quise hundir el puñal con suavidad, pero tristemente tuve que empujar con fuerza para atravesar su pecho. Que a nadie le extrañe que haya usado un vulgar puñal para tan sutil propósito, a fin de cuentas en esta época se vería muy extraño a un hombre caminando por la calle con una espada.
marlon mayorga
marlonmayorga77@yahoo.com