No vi al ángelque un dios mandó para matarte,
por miedo a no existir.
No tuve ojos rojos
ni mirada piedra
ni la mano sangre
ni la boca espanto,
no arranqué palabras
de mi corazón
en la eternidad, en la muerte,
en los pájaros.
No respiré mi cadáver
en fumaderos de opio
ni fui cadáver
respirado y comido
por la soledad;
no escuché el silbido
de los perros
de los trenes
y el de mi propia mente,
no lo escuché.
No lastimé mi mano/
con la cruz /
( en un tranvía) para ser Cristo.
No cumplí los dieciseis
en un manicomio francés,
ni siquiera nací en Francia
y mi padre no fue un poeta
que descomponía las flores
porque eran hipócritas.
No llevé poemas de celda en celda
(a través del muro)
con la confianza de un animal
sin razón.
No me suicidé cien veces
ni fui donde los puertos
para oír las prostitutas
llorar los barcos
y el advenimiento
de una humanidad
hacia los muelles
y hacia el olvido.
No fui expulsado
de todos los países
cada vez, hasta mi patria:
extranjero del hombre.
No estuve en Sierra Madre
viviendo como indio,
ni aprendí que eran poetas,
porque sus esqueletos brillaban
en la oscuridad de la historia.
No viajé sin mapa
por los cementerios olvidados,
ni parí un Dylan Thomas.
No vendí mi alma a la imaginación
para que otros pudieran ver.
En la cúspide de fuego
que arrasó con mi país,
no escribí sin ojos
ni supe que eras vos
cada uno de esos loco
que entregaron la vida.
de Adrián Campillay, San Juan, Argentina
De "Las flores secretas".
http://artesanosliterarios.blogspot.com/
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1 comentario:
vuelvo a leer este poema con el placer de encontrarlo también aquí y solo tengo un adjetivo: estupendo. gracias Lina por tu excelente gusto literario. susana zazzetti.
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