Nada escucho en tu rostrohecho de un cendal tembloroso
ni en tus manos donde se abisma
la transparencia de las vastas marinas.
Te siento venir por la luz
y entre la luz escurrirte
en la ignición de la lluvia
cuando la pradera se enciende.
Amada, dame tus manos,
hermosas como la ceniza
para beber en la oscuridad
su melodía abisal.
Amada, tomas mis manos,
refluyentes de fría arena
y escóndelas para siempre
en el filo de los arroyos
donde bate la inanición
y somos como ramilletes
lamidos por el vacío.
de Pedro Llanes Delgado, Placetas, Cuba
De la antología "La estrella de Cuba".
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