Camina como tanteando espacios. A la deriva va. Escucha la melodía de un bandoneón sigiloso que lo traslada. Va quedo, lerdo, como avergonzado de ser, va. Madrugada aún, sus ansias navegan por esas veredas iguales, monótonas, pacientes, que lo amparan con su sabor a barrio, a juventud, a muchachada. La ternura de la ciudad es su necesidad, su melancolía, se siente protegido por esa amistad de años que tiene con ella. Transita la acongojada aventura de pertenecer a buenos Aires; materna abreviatura de haber bebido de sus insaciables resplandores, de sus olores, sus inquietudes y sinsabores. Hijo pródigo de la ciudad vuelve, siempre vuelve. Sin saber si será éste su postrer desengaño. El amanecer invoca un otoño falaz, de embargados sueños. Aún el bandoneón juega con el encanto tenaz de la añoranza. Él, casi ya sin luz en la mirada, oye tal vez sus últimos compases. Los siente en su propia sangre, lo llenan de distancia. Los que lo vieron por última vez dicen que se le oyó decir: el tango ya termina. ¡Qué lástima de ayer!de Jorge Cambiaso, Buenos Aires, Argentina
De su libro "El misterio de adiós que siembra el tren".
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